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Decisiones · Autoría

Despedido o renuncia, eres otra persona

Igor Graf · 13 de julio de 2026 · 8 min de lectura

El primer momento decisivo de mi vida llegó cuando entendí que el camino que mis padres y el Estado habían armado para mí no me servía. La razón fue simple: me senté a calcular, en números, cuánto ganaría en mi mejor momento si seguía ese camino hasta el final, y lo comparé con lo que en realidad quería. Para mí, comprar un apartamento, tener un auto y sostener a los hijos debería ser lo normal para cualquier adulto, no un lujo por el que hay que pelear toda la vida. Según mis cuentas, llegaría a esa normalidad recién a los sesenta años. Eso no me convenció para nada.

Es el mismo techo del que después escribí largo en el texto sobre la mentalidad de millonario: por fuera todo se ve perfecto, por dentro ya sabes que ese camino no lleva a ningún lado que quieras.

Por fuera, todo se veía impecable. Segundo año en el Politécnico de Odesa, el mejor promedio, cero materias pendientes. En toda mi generación solo cinco personas recibían la beca, y yo era una de ellas, con la beca alta además, ciento ochenta grivnas en vez de las ciento veinte normales. Al cambio de esa época eran unos treinta y cinco dólares al mes. Para un estudiante eso no era plata, era estatus: al mejor promedio no lo expulsan. Y la expulsión, en esos años, significaba una sola cosa, la puerta directa a la oficina de reclutamiento militar.

Y por debajo de esa imagen perfecta, yo ya llevaba dos años trabajando: repartía diarios firmando cada entrega, cargaba escombros de obra después de remodelaciones, y ni una sola vez, ni una, me pidieron el título. De programación ya sabía más que el profesor de la materia. En paralelo intentaba armar mi primer negocio en una empresa de venta directa, y en dos años metí a exactamente dos personas en mi estructura, pero no falté a ni un solo entrenamiento y ahí aprendí lo más importante: vender cuando nada se vende. Entendía que nada de lo que me enseñaban en esas aulas me iba a servir jamás. Pero no lograba decidirme. Dejar la universidad hubiera sido la decisión más dura de mi vida, y arrastraba consigo todo de golpe: la beca, el estatus, la prórroga militar.

Un profesor terminó decidiendo por mí. Lo recuerdo para toda la vida, aunque no recuerdo su nombre.

"No hace falta"

Llego al examen de electrotécnica. Preparado, claro, soy el mejor promedio, no sé hacerlo de otra forma. Me hace un par de preguntas del programa, respondo. Y de repente pregunta algo que no está en la mesa de examen:

—¿Y a qué quieres dedicarte en realidad?

—Voy a ser emprendedor. Ya entendí que ahí es donde tengo que estar.

—¿Y qué estás haciendo ahora?

—Bueno, tengo que terminar la carrera primero.

—No hace falta.

Y me pone un aplazo.

Le digo que no puede hacer eso. Me responde:

—Puedo.

El aplazo significaba perder la beca. Y sabía que en el Politécnico, un aplazo en esa materia era expulsión directa, era la facultad más exigente, sin excepciones para nadie. Con un solo movimiento de lapicera, ese hombre borró dos años sin una sola nota baja, la beca, el estatus, y de paso entreabrió la puerta al cuartel.

No hubo ningún «bueno, al fin libre» en ese momento. Nada de eso. Temblaba. Salgo llorando, bajando los cuatro pisos, recuerdo perfecto ese estado, era primavera, plena época de exámenes. Bajo, salgo a la calle, y está todo vacío. Ya saben cómo es salir de la facultad no en un recreo, sino en medio del horario de clases: pasillos vacíos, calles vacías, todos adentro de las aulas. Y un sol brillante que atravesaba los árboles, el pasto, me acuerdo de eso, esa sensación tan concreta del aire de primavera.

Y en algún lugar de mi cabeza, algo dice: soy libre.

No «ya voy a pensar en algo». No un plan B. Solo un estado, el cuerpo lo entendió antes que la cabeza. Antes, las clases iban de nueve de la mañana a las dos o tres de la tarde, y para el negocio y el trabajo me quedaban dos, tres horas por día. Ahora tenía el día entero para hacer lo que en verdad quería hacer. Cruzo el patio vacío llorando y cargándome de energía al mismo tiempo.

La semana de libertad

Lo que vino después fue una semana que todavía hoy considero la más importante de esa primavera. Por primera vez sentí lo que era darle a mi proyecto ocho, diez horas por día, en vez de robarle dos o tres entre clase y clase. Nadie me regaló esa semana, yo mismo decidí que ya estaba expulsado y viví como si eso ya hubiera pasado.

Una semana después sonó el teléfono. La secretaría de la facultad.

"¿De qué palmera se cayó"

Llama una secretaria, una mujer de unos sesenta años: Igor, ¿dónde estás? Le digo, cómo dónde, si me echaron de la universidad. Me dice, ¿de dónde sacaste eso? Ven a la facultad, hay una consulta sobre tu legajo.

Llego, espero a la vicedecana en la sala de espera. Y mientras espero, dos secretarias se ponen a darme un sermón. Igor, cómo hiciste esto, por qué abandonaste. Les digo, no abandoné, me expulsaron. Y qué, dicen, podrías haber rendido de nuevo. ¿Te rendiste? Les digo, no me rendí, entendí que voy a hacer otra cosa con mi vida. No, dicen, estás cometiendo un error. ¿Te asustaste?

No me asusté.

Después la vicedecana me hace pasar a su oficina, escucha toda mi versión sobre la expulsión y responde en cinco palabras: eso no funciona así. Se levanta y me lleva directo al decano. El nombre del profesor se me borró, pero el apellido del decano lo recuerdo hasta hoy, Nesterenko. Toma mi libreta de calificaciones, la hojea y me pregunta dónde estuve. Le explico: me pusieron un aplazo, y con un aplazo te expulsan. Y me suelta:

—Igor, ¿de qué palmera se cayó usted? Esto no se hace así. Estudiantes como usted valen oro. Nadie tenía pensado expulsarlo.

Sigue hojeando la libreta y lee en voz alta: ni una nota baja, ni una materia pendiente, ni un solo tropiezo. ¿Y al primer tropiezo se derrumba?

—No me derrumbé, solo pensé...

—No. Se terminó.

Toma la lapicera y me cambia la nota a un aprobado alto. Calificación corregida, vuelva a clases.

Miren lo que pasó en realidad. El sistema no solo me abrió la puerta de vuelta, mandó a cuatro personas seguidas a buscarme, una secretaria por teléfono, dos secretarias en la sala de espera, la vicedecana y el decano en persona, y los cuatro, a coro, me demostraron que yo estaba equivocado. Con argumentos. Con mi propia libreta en la mano. Y les creí. El lunes volví a clases.

¿Qué hago acá?

El lunes tocaba análisis matemático avanzado, una clase doble que juntaba a dos cursos enteros, el aula estaba llena. Había faltado una semana y, obvio, me preguntaban: oye, ¿dónde andabas?, qué pasó, cómo estás. Yo explicaba la situación, me sentaba en mi lugar, el profesor seguía leyendo su apunte como siempre. Me quedé sentado, con la mejilla apoyada en la mano, mirando por la ventana, y no se me iba una idea de la cabeza: yo ya me siento libre. Llevo una semana entera haciendo lo que quiero, en vez de arrastrarme a clases que no me interesan. ¿Qué hago acá?

En el recreo de esa clase doble me paré, di media vuelta, me fui y nunca más miré para atrás.

El rito de iniciación

Ceremonia de iniciación al cruzar la línea del ecuador a bordo del USS Enterprise, marineros novatos juzgados ante el Rey Neptuno USS ENTERPRISE · 1938
Ceremonia de cruce de línea al pasar el ecuador: mientras la orden de cruzar la da el mando, es solo un trámite. El verdadero rito de iniciación empieza cuando la persona elige el umbral por sí misma. Foto de archivo de la Marina de EE. UU. · dominio público

Mucho después le puse nombre a lo que pasó ese día: un rito de iniciación. Empieza en el momento en que tú mismo dices «me voy». Cuando dejas de esperar que te saquen a la fuerza y te sacas tú mismo. Es la misma idea que desarrollo en el texto «Permítete a ti mismo», decídelo tú, no esperes el permiso de otro.

En esta historia me echaron dos veces, y esto es lo importante. La primera vez me echó un profesor, y no fue decisión mía, por eso no me cambió: apenas me llamaron de vuelta, volví. La segunda vez me fui yo solo, dejando un lugar cálido al que me acababan de recibir con honores, en contra del argumento de cuatro adultos. Esa sí fue mía. Y desde entonces nunca más me tiró para atrás.

Dos expulsiones, la misma imagen por fuera la situación se ve idéntica, la persona adentro no lo es LA PRIMERA VEZ Me echó un profesor. No fue decisión mía. Me llamaron → y volví. LA SEGUNDA VEZ Me fui yo, contra cuatro personas con argumentos. Nunca volví → más. La diferencia no se ve por fuera. Está en quién decidió.
Por fuera, la misma situación, sin trabajo. Por dentro, dos personas distintas.

Error #1. Creer que una situación idéntica por fuera significa personas idénticas por dentro. Te despiden, quedas sin trabajo. Renuncias tú, también quedas sin trabajo. La diferencia está en la autoría, quién tomó la decisión, tú o las circunstancias. No se ve por fuera de ninguna manera, y sin embargo define todo lo que viene después.

Conclusión 1. El rito de iniciación no empieza donde perdiste algo, sino donde tú mismo dijiste «me voy», sobre un negocio, un trabajo, una relación. Mientras la decisión la tome otro por ti, nada cambia, aunque el decorado alrededor sea distinto.

Y este rito no es de una sola vez. Durante la pandemia quedé varado en Bali nueve meses, y cuando levantaron la cuarentena y volví a mi departamento de cinco ambientes en Kiev, con toda la tecnología y toallas para cada ocasión, sentí que me faltaba el aire ahí adentro. Estaba parado otra vez frente a la misma encrucijada del cuarto piso del Politécnico: o finjo que estoy bien, o me voy. Me fui, con las manos temblando, cargando un montón de «y el negocio, y mi hija, y qué va a decir mamá». Setenta países en los años que siguieron es lo que pasa cuando un día dejas de pedir permiso para irte.

La herramienta: 5 preguntas para distinguir un rito de iniciación de una huida

No toda salida es una iniciación. A veces «me voy» es solo pánico disfrazado de decisión. Yo lo verifico con cinco preguntas, y hay que responderlas con honestidad, no como uno quiere escucharse a sí mismo.

  1. ¿Podés decir el motivo en diez segundos, sin un «ya estaba harto»? El mío era: calculé que ese camino no me llevaba a una vida normal ni siquiera a los sesenta años. La huida es difusa: «ya no doy más», «necesito un cambio», sin detalles.
  2. ¿Estás dispuesto a que te convenzan de lo contrario y aun así irte? Mi decisión sobrevivió a cuatro personas con mi propia libreta en la mano. Si el plan se cae ante la primera objeción razonable, eso no es una decisión, es un estado de ánimo.
  3. ¿La salida te cambia a ti, y no solo el decorado? Después de una iniciación real piensas distinto y ordenas tus prioridades distinto, no eres la misma persona en otro lugar.
  4. ¿Vas hacia algo o huís de un dolor concreto? De la universidad se puede salir para armar un negocio, o para no rendir el próximo examen. Lo primero te mueve hacia adelante, lo segundo solo pospone el mismo examen.
  5. Dentro de un año, ¿vas a recordar este momento como el punto donde te volviste otra persona, o como el momento en que te rendiste? Solo se puede responder con honestidad imaginando de antemano los dos escenarios.

Si al menos tres de las cinco respuestas favorecen la iniciación, ese es justo el momento en que el rito ya empezó.

5 preguntas: iniciación o huida 1 · ¿El motivo cabe en 10 segundos, sin «ya estaba harto»? 2 · ¿Listo para que te convenzan y aun así irte? 3 · ¿Te cambia a ti, y no solo el decorado? 4 · ¿Vas hacia algo, o huís de un dolor? 5 · Dentro de un año: ¿crecimiento o rendición? 3 de 5 a favor: el rito de iniciación ya empezó. igorgraf.life · guardate esto
Chuleta: pasá tu decisión por cinco preguntas antes de llamarla iniciación.

Los papeles que siguen guardados en la facultad

Me expulsaron recién un año después, todo ese año la facultad intentó ubicarme por teléfono y yo simplemente no aparecí. Después llegó la citación, esa sí de verdad, la del cuartel, la misma puerta de la que me protegía el estatus de mejor promedio. Para ese entonces mi papá ya había fallecido, yo era el hombre mayor de la familia y el que la sostenía económicamente, así que por ley me dieron la exención como sostén de familia. Mi mamá, de hecho, se enteró de que hacía tiempo no cursaba justo por esa citación, yo no se lo había dicho hasta último momento. A todo lo que me dijo, le respondí una sola cosa: es mi vida, la decido yo. Un año después abrí mi primer negocio propio, dos años más tarde gané mi primer dinero en serio, y desde entonces nadie volvió a mencionar aquel lunes.

Y mis papeles, mi título, todo eso sigue guardado en el archivo del Politécnico. Pude haberlo retirado en cualquier momento y nunca lo hice, no porque se me haya olvidado. Le pertenecen a la persona que ese lunes podría haberse quedado a terminar la carrera con honores. Esa persona nunca volvió a entrar.

¿Y tú, tomas tus propias decisiones, o esperas a que te echen?

Preguntas frecuentes

¿Cómo saber si una decisión fue realmente mía y no forzada por las circunstancias?

Pásala por cinco preguntas: ¿podés decir el motivo en diez segundos sin un «ya estaba harto»?; ¿la decisión sobrevive a que te lleven la contra en serio?; ¿la salida te cambia a vos y no solo el decorado?; ¿vas hacia algo o huís de un dolor concreto?; y ¿cómo vas a recordar este momento dentro de un año? Si al menos tres de cinco apuntan a la autoría, la decisión es tuya.

¿Cuál es la diferencia entre que te despidan y renunciar?

Ninguna, por fuera, en los dos casos quedás sin trabajo. La diferencia está adentro, en la autoría. Cuando otro decide por vos, volvés apenas te dejan, porque nunca fue tuya la decisión. Cuando decidís vos mismo, nada te tira para atrás, aunque el sistema te reciba de vuelta con honores y buenos argumentos.

¿Qué es un "rito de iniciación" en el contexto de las decisiones personales?

El momento en que una persona dice «me voy» por sí misma, en vez de esperar a que la saquen a la fuerza. No empieza en el punto de la pérdida, un despido, una ruptura, un fracaso, empieza en el punto de la autoría: ¿las circunstancias te sacaron de tu vieja vida, o vos elegiste dejarla?

¿Qué hago si no sé si estoy decidiendo o solo tengo miedo al cambio?

Pasá la decisión por una prueba de resistencia: imaginá a cuatro personas razonables, una tras otra, dándote argumentos reales para quedarte, y fijate si la decisión aguanta. El pánico suele derrumbarse ante la primera objeción razonable. Una decisión real sobrevive a la segunda y a la tercera.

¿Se puede repetir un rito de iniciación varias veces en la vida?

Sí, no es un evento único. Cada vez que tu vida de siempre se te queda chica y te enfrentás a la misma elección, fingir que estás bien o irte, vuelve a aparecer la misma pregunta. El rito se repite cada vez que la decisión vuelve a ser tuya y no de otro.

Igor Graf
Emprendedor, entrenador de negocios, creador de la metodología PERL. 20 años en negocios, 50+ países, miles de estudiantes.
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