Primavera de 2007, segundo año en el Politécnico de Odesa. Bajo cuatro pisos por la escalera con un cero en electrotecnia anotado en mi libreta. Los pasillos están vacíos, todos están en clase, y yo camino bajo el sol, junto a los árboles que se ven por las ventanas, sintiendo solo una cosa: soy libre.
Esa bajada por la escalera fue la respuesta, aunque tardé años en entenderlo. Una decisión difícil deja de vivir en tu cabeza y se vuelve real cuando dejas de esperar una certeza total y empiezas a vivir, aunque sea un día, un paso, como si ya la hubieras tomado. La certeza casi nunca llega primero, aparece al final, después de un paso pequeño y reversible, no antes. Esperarla primero es esperar para siempre: la mente sabe darle vueltas a los mismos argumentos sin cansarse jamás.
Llevo más de veinte años en los negocios, y casi cada semana acompaño a alguien que está tomando una decisión difícil, así que escucho una frase cientos de veces: «lo entiendo de manera lógica, pero no logro decidirme». Decidirme en su momento me costó la beca, la exención militar y casi un año sin hablar con mi mamá, y nunca llamaría segura a esa decisión. Pero fue justo lo que me enseñó las dos preguntas que desde entonces revisan cualquier duda que me frena, en vez de darle vueltas a los mismos pros y contras.
Para cuando saqué ese cero, ya había hecho las cuentas: si seguía por el camino que mis padres y el sistema habían elegido para mí, a los sesenta años no tendría ni siquiera seguridad financiera básica, un departamento normal, un auto, la posibilidad de mantener a mis hijos. Las razones para quedarme superaban por mucho a las razones para irme. A los mejores alumnos no los expulsaban, y quedándome conservaba la exención militar, la beca (mi único ingreso fijo en ese momento) y un estatus que en mi familia significaba mucho. La lógica apuntaba a terminar la carrera.
Y aun así dudé mucho tiempo, hasta el mismo examen no lograba decidirme. El profesor, cuyo nombre honestamente no recuerdo, me hizo un par de preguntas, respondí, y luego me preguntó qué quería hacer con mi vida. Le dije que planeaba ser emprendedor. Me preguntó entonces qué hacía en su clase. Le dije que necesitaba terminar la carrera. Me reprobó de todos modos, aunque había respondido todo bien, y salí perdiendo la beca y todo lo que ella protegía.
Acá hay un detalle que en historias así nadie menciona: ese cero no fue mi decisión. La decisión todavía vivía solo en mi cabeza, afuera acababan de imponerme la voluntad de otra persona. La decisión real empezó en el segundo en que bajaba esa escalera y entendí que no iba a reclamar ni a pedir un segundo examen. Simplemente salía a la calle. Mi cabeza podía seguir dudando meses, repitiendo la misma cuenta. Mis pies ya habían cruzado la puerta.
Unos años después, cuando ya había acompañado a decenas de personas en decisiones así, no solo a mí mismo, llegué a dos preguntas que ahora le hago a cualquier pensamiento que me frena, antes de dejar que cuente como una decisión real. Primero: ¿esto es un hecho o mi opinión? Segundo: ¿este pensamiento me ayuda o me perjudica?
El ejemplo que más me ayudó a entenderlo: «en este país es difícil hacer dinero». ¿Hecho u opinión? Reviso de dónde lo saqué, me lo dijeron, nunca lo comprobé yo mismo. Entonces: opinión. ¿Ayuda o perjudica? Perjudica, porque de entrada da por perdido el intento. Si perjudica y no es un hecho comprobado, tengo todo el derecho a dejar de creerlo, aunque lo repitan a tu alrededor durante veinte años.
La misma pareja de preguntas funciona con la duda antes de una decisión difícil, solo cambia el pensamiento. «Todavía no estoy listo.» ¿Hecho u opinión? Casi siempre opinión, la disponibilidad rara vez se puede medir, simplemente se siente o no, y esa sensación cambia día a día. Es el mismo sentimiento que mantiene años estancado a un perfeccionista, escribí sobre eso por separado en un artículo sobre el perfeccionismo en los negocios. ¿Ayuda o perjudica? Casi siempre perjudica, porque te mantiene justo donde ya estás parado. Si un pensamiento te perjudica y no es un hecho comprobado, tienes derecho a dejar de escucharlo ahora mismo, sin esperar a que se vaya solo.
Una semana después de ese cero me llamaron de la dirección académica y me pidieron volver, dijeron que era uno de los mejores de mi generación, sin ninguna materia pendiente, para qué rendirme por una nota. El decano cambió personalmente mi cero por un aprobado. Volví el lunes a clase.
Y acá empieza lo que normalmente no cuento cuando hablo de esta decisión: no me fui de inmediato. Volví, aguanté otro día, después seguí con mi rutina normal varias semanas más, hasta que llegó un lunes completamente ordinario, dos horas seguidas de matemática avanzada, yo con la mejilla apoyada en la mano, mirando por la ventana, compañeros preguntando dónde había estado, y en el recreo entre clases simplemente salí y nunca volví. Sin drama, sin nota explicando nada, sin una segunda conversación con el decano.
Si hubiera escrito esta historia según las reglas del drama, habría cortado la parte donde vuelvo, arruina la línea limpia de «tomé la decisión y nunca miré atrás». Lo que pasó en realidad fue justo lo contrario: volví porque la decisión todavía no era real, solo vivía en esa semana de libertad, no en mi vida cotidiana. Necesitaba sentarme en ese pupitre una vez más, sentir ese mismo aire de pasillo vacío desde dentro de un día de clases, para entender que esto no se trataba de una mala nota ni de un sentimiento herido. La decisión se volvió real no en el momento en que salí después del examen, sino en ese lunes aburrido semanas después, cuando, sin ningún drama de por medio, simplemente me levanté y salí.
Si estás postergando una decisión importante, y ya intentaste avanzar una vez y luego diste marcha atrás como si te hubieras arrepentido, eso no te hace débil ni inconsistente. Muchas veces solo significa que la decisión todavía no está lista, y necesitas un segundo intento sobre material aburrido y cotidiano, sin la adrenalina del primer arranque, a quien se estanca por esta misma razón suelo decirle que la pereza, en este sentido, no existe, solo hay un pensamiento sin revisar que se interpone.
Mis papeles, mi título, mi libreta siguen en esa universidad. Mi papá ya había muerto para entonces, sin saber que no había abandonado el negocio, solo la carrera. Un año después, cuando me expulsaron oficialmente, llegó una citación militar en vez de la carta de expulsión, y así se enteró mi mamá de que ya no estudiaba. Lo llamó traición. Le pregunté: si tus papás te hubieran prohibido ver a mi papá, ¿lo habrías seguido viendo igual? Se quedó callada. Después me perdonó.
En el servicio militar me dieron la exención por ser el único sostén de la familia, mi papá ya no estaba, y mi mamá y mi hermana menor dependían de mí. La exención terminó siendo un efecto secundario de una decisión que ya había tomado mucho antes de saber que cambiaría algo con el ejército.
Pasaron diecinueve años. Nunca me arrepentí de haber dejado esa universidad, aunque la lógica para quedarme era real, no inventada. Tampoco se acomodó todo perfecto desde el primer día: me tomó casi dos años más, sin un solo día libre, jornadas de ocho horas, antes de ganar mi primer mil dólares, escribí más sobre cómo fue realmente ese tramo de trabajo sin descanso en un artículo sobre disciplina. Lo que puso a prueba la decisión no fue una conversación conmigo mismo, fue lo que realmente viví día tras día, y viviéndolo así, nunca sentí ganas de dar marcha atrás.
Existe la creencia de que cuanto más tiempo le des vueltas a una decisión, menos te vas a arrepentir después. Las investigaciones del psicólogo Thomas Gilovich de los años noventa muestran lo contrario: en el momento la gente se arrepiente más de las acciones fallidas, pero a largo plazo se arrepiente mucho más de la inacción, de las decisiones que postergó y nunca tomó(Psyche). Una decisión postergada no se borra sin dolor de la memoria, se acumula y pesa más que un intento fallido.
También existe una investigación de los psicólogos Andrew Parker, Wändi Bruine de Bruin y Baruch Fischhoff sobre las personas llamadas maximizadoras: en vez de una decisión «suficientemente buena», buscan la mejor opción posible entre todas, comparando sin parar y pidiendo consejo a todo el mundo.
Resultó que los maximizadores reportan más arrepentimiento y terminan en promedio con peores resultados de vida que quienes se conforman con una decisión que simplemente funciona, sin pasar meses buscando la perfecta(Judgment and Decision Making). No se trata de tener exigencias más altas frente a la vida: el proceso mismo de comparar sin parar hace que los maximizadores queden menos conformes con cualquier opción, incluso con la que terminó funcionando mejor que la del vecino.
Esto no significa decidir a ciegas, sin ningún análisis. Significa que el momento de dejar de analizar y probar la acción llega antes de lo que tu cabeza cree, y cuanto más lo postergues, más termina costando.
La técnica: cómo revisar una duda en vez de pelear con ella
Estas mismas dos preguntas después me sirvieron para cerrar mi primer club, la venta de una empresa, la salida de proyectos que ya habían cumplido su ciclo.
Pasaron diecinueve años desde ese cero en la libreta. Mis papeles siguen en el archivo de la universidad, nadie los ha reclamado, y hace mucho dejé de necesitar que alguien lo hiciera.
Casi siempre porque el pensamiento que te frena parece un hecho, cuando en realidad es una opinión sin comprobar, heredada de tus padres, tu entorno o experiencias pasadas. Hasta que la nombras y la revisas, maneja la decisión desde las sombras, y sientes que le temes a la decisión, cuando en realidad le temes a un pensamiento sin revisar.
No lo sabes de antemano, y ahí está la clave. La certeza en decisiones difíciles casi siempre aparece después de un paso pequeño, no antes. La tarea no es esperar una claridad total, sino dar un paso reversible y ver qué obtienes en la práctica, en vez de darle vueltas para siempre al mismo argumento en tu cabeza.
Las investigaciones muestran que a largo plazo la gente se arrepiente mucho más de la inacción que de los intentos fallidos, de las decisiones que postergó y nunca tomó. Arrepentirte menos no depende de elegir perfecto cada vez, depende de conformarte con una decisión que funciona, en vez de buscar sin parar la mejor opción posible.
Nombra la decisión con una frase concreta, no con una dirección vaga, y encuentra el pensamiento que te frena. Revísalo con dos preguntas: ¿es un hecho o mi opinión?, y ¿este pensamiento me ayuda o me perjudica? Si perjudica y no es un hecho comprobado, tienes derecho a dejar de escucharlo y dar un paso pequeño hoy mismo.
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